miércoles, 22 de abril de 2009

Notas acerca de la sensibilidad II

Ese día estaba de muy mal humor. Pensé que tal vez si hacía una buena acción podría sentirme algo mejor. Por ese motivo egoísta y reprobable le di unas monedas a un hombre que estaba parado en la puerta de la Catedral de Buenos Aires, frente a la Plaza de Mayo. Esa persona recibió las monedas, pero debe haberle parecido una fortuna (es increíble lo afortunados que somos los que no tenemos que depender de los demás) porque aunque no me dio ni las gracias (no tenía por qué hacerlo, seamos sinceros) me siguió más o menos media cuadra pidiéndome más. Yo rechacé la idea de darle más sólo porque su actitud me pareció antes que desesperada, estudiada y previsible. Pero me tocaba el brazo, casi lloraba pidiéndome más. Sin embargo, solamente logró endurecer mi corazón. El ser humano es inescrutable, hermético, en innumerables ocasiones.

Cuando este hombre que me perseguía con tanto ahínco se fue desencantado conmigo, solamente había logrado amargarme aún más de lo que estaba. Pero no pude imaginar por qué se me había ocurrido que esta persona me tenía que agradecer por un par de monedas que no me costaba nada dejarle. Esa gente está desesperada. Todas las desgracias del mundo no son comparables a la indigencia. Ese pensamiento, se suponía, debía ser un consuelo para mí, que desde hace un tiempo tenía un muy buen pasar, por suerte. Pero, por algún extraño motivo, me hizo mal y hundió mi ánimo un escalón más allá de mi amargura.

Seguí caminando un rato más, por detrás de la Casa Rosada, y poco a poco me interné en el mundo especial de Puerto Madero. En ese barrio tan especial de Buenos Aires se encuentra uno de los monumentos más bellos de la ciudad. El puente de Calatrava, también llamado el Puente de la Mujer, en un barrio donde todas las calles tienen nombre de mujeres. No sé si eso es justo, pero sí es original. Siempre llevo conmigo una máquina de fotos. Tengo dos, una de 9 mega píxeles y otra de 10. Llevaba la de 9. Se hacía de noche, aunque todavía había buena luz. Decidí sacar la máquina de mi morral, la encendí y comencé una sesión de fotografía comparable a la de un fotógrafo con una dama. Mi dama era el Puente. Cada ángulo distinto me daba una nueva sorpresa, cada toma era diferente, bella, única. Lo crucé mil veces, le saqué fotos de un lado y de otro, le saqué desde cerca, desde lejos y sobre él, o ella. Las luces se iban encendiendo, el cielo se iba oscureciendo y mi ánimo se iba templando más y más. La belleza volvía a conquistarme. Me sentí emocionado, vivo, valioso.

Para cuando llegué a casa luego de un agotador viaje de una hora y media, estaba como nuevo.

Otra vez la belleza me había salvado.

martes, 21 de abril de 2009

Notas acerca de la sensibilidad.

El mundo a veces es cruel, traicionero, difícil. El ser humano generalmente es débil, y suele verse envuelto en problemas que lo afectan más a menudo de lo que quiere. La presión suele aumentar con los años, igual que las responsabilidades, las deudas y los problemas. El hombre se va haciendo insensible a todo, como respuesta a todos estos factores. El hombre comienza a negar sus problemas, niega sus odios, niega toda dificultad o inconveniente. Se vuelve ciego, impasible, inconmovible. Su mundo se vuelve vacío. Monótono. Fugaz.

En un punto el hombre, o la mujer, no hace falta aclararlo, puede llegar a insensibilizarse de tal modo que no acepta cambios. Sufre con cada cosa nueva, con cada detalle que cambia su rutina. Se fastidia con cada relación, porque una relación se compone de idas y venidas, y ya no acepta ir ni venir, y menos que vengan a él.

En ese momento, alguien lo invita a escuchar un concierto, en el cual una orquesta va a tocar la sinfonía Nº 9 de Ludwig Van Beethoven. No le interesa ir, y haciendo gala de su desgano habitual, dice que no. Pero el otro insiste. Insiste. Insiste. Hasta que dice que sí.

Una vez en el teatro se instala en su butaca con cara de “no me importa” y se dispone a sobrellevar el mal momento con la mejor buena voluntad. “En una hora y media voy a estar en casa de nuevo, eso es lo bueno”, piensa. “A mí qué me importa la música, sólo quiero estar en casa como todos los días a esta hora. Mañana voy a estar cansado en el trabajo”

Comienza el concierto. Primero los sentidos del hombre se van llenando de notas. Aisladamente algunas notas van haciendo una pequeña hendidura en la muralla que ha construido con tanta paciencia durante todos estos años de apatía y desesperanza. Una nota y luego otra, poco a poco van penetrando en sus sentidos y comienzan a conmover ese edificio monumental. Pasan los minutos. Los violines, las violas, el oboe, la batuta del director, el movimiento de los músicos, verlos a todos en la misma tarea, la coordinación, la combinación de las melodías, las luces. La cabeza da vueltas. Se marea. No sabe lo que le pasa.

En un instante impensado, llega la revelación. Se da cuenta de que está frente algo bello. Muy bello. Frente a una música talentosa, impresionante, portentosa. La orquesta sigue emitiendo notas, pero ahora esas notas aisladas van formando un verdadero portento de belleza, los colores invaden el ambiente, el perfume más hermoso surca el aire, perfumando todo. La cabeza va a explotar.

La belleza obra milagros. Ahora ese enorme edificio que con tanta paciencia insensible construyó durante años y años comienza a desmoronarse. Ya no tiene hendiduras, sino que tiene enormes agujeros, sus paredes comienzan a caer, y con un ruido estrepitoso la gigante muralla se cae de forma violenta, totalmente destrozada.

El hombre está llorando. Escucha la música, los sonidos, las melodías, cada vez más sofisticadas, sutiles, profundamente bellas. Las lágrimas corren por sus mejillas sin que pueda evitarlo. “No me puede pasar esto”, piensa. “Es una vergüenza”. Pero sin embargo, en su interior sabe que no puede y no quiere evitarlo. Una paz (inconcebible hacía sólo unos minutos) ha llegado a su ser, y el disfrute de la música lo llena de una energía espiritual que jamás había conocido. Sigue llorando, mientras los restos de la enorme muralla se van desvaneciendo, se hacen trizas, arena llevada por el viento a otra parte.

Cuando terminó el concierto el amigo le preguntó por qué se había emocionado tanto. El hombre le respondió, muy seguro de sí mismo: “Por nada. Soy un tonto”.

Había comenzado la reconstrucción del enorme edificio destruido.

domingo, 19 de abril de 2009

El fútbol y la gente

Está muy claro que el ser argentino implica, entre otras cosas, que los hombres deben saber mucho de fútbol. Al margen de que se pueda ser estudiante, obrero, taxista, cocinero, mozo, empresario, multimillonario, empleado de oficina, cadete de un hotel o lo que sea, el hombre y en muchos casos la mujer argentina, saben de fútbol.

Cuando dos personas no tienen nada en común y se juntan por alguna razón, por lo general es la conversación sobre el fútbol lo que los acerca. O los separe, quien sabe, de acuerdo a los equipos de los que sean hinchas. Por eso este deporte es un evento social muy importante en Argentina, y la gente en muchos casos sólo habla de fútbol.

Todo eso está muy bien, pero el deporte favorito de los argentinos tiene algunas cosas que no me gustan demasiado. En primer lugar, se lo define como una pasión. El hincha de fútbol debe ser un apasionado seguidor de su equipo o será despreciado por sus pares. Al equipo no se lo puede criticar, salvo que toda la hinchada se ponga de acuerdo para calumniar al técnico o a algún desafortunado jugador. Grandes discusiones preceden a esa decisión. Los argumentos sonarán a favor y en contra de la continuidad del técnico. Los resultados dirán, quizás demasiado pronto, si se queda o se va. O si sigue en observación. Y si se lo reemplaza, al próximo se lo va a vigilar más de cerca. Salvo que venga del club, en ese caso se le darán un par de partidos más, así se demuestra que la hinchada tiene “aguante”.

Otra cosa que me molesta del fútbol es el favoritismo de los dirigentes de clubes por los barra bravas. Suelen ocurrir robos, desmanes, hasta asesinatos perpetrados por los barras, que no son otra cosa que soldados al servicio de las autoridades de los distintos clubes. Ya este deporte no es el que era, con la familia entera asistiendo a la cancha para ver un espectáculo.

También el fútbol perdió, precisamente, el carácter de espectáculo. Los nuevos entrenadores piden gente con fuerza, garra y velocidad. Hay que correr, correr y correr. Hay que pegarle al adversario, hay que tirarse al piso fingiendo una falta, hay que “trabajarse” al árbitro y pedir amarilla para el contrario. Hay que inventar penales, tiros libres peligrosos, tiros de esquina, etc., etc. Los partidos actuales en Argentina se parecen más a una batalla que a un espectáculo deportivo.

Por supuesto, perdió el carácter fundamental de “juego”. Ahora hay demasiado dinero de por medio. Los representantes de los jugadores quieren que jueguen los suyos, y tratan de imponerse sobre otros. Dinero de por medio, muchos entrenadores apenas pueden poner a los jugadores que son de tal o cual empresario. Los dirigentes de los clubes avalan esto, porque no son dueños de casi nadie. Y después quieren formar buenos equipos… Ya esto no es un juego, donde los mejores se juntan en un equipo entrenando, ensayando y poniendo en práctica distintas tácticas para vencer al contrario. Ahora se trata de hacer mucha plata, de que los periodistas hablen bien de tal o cual jugador, para poder venderlo más caro y lo más pronto posible. ¿Adónde? A donde sea, a Rusia, Ucrania, Qatar, Armenia, a cualquier lugar del mundo, aunque el jugador, que tal vez sea muy chico y tenga entre quince y veintidós años, no entienda el idioma, aunque se muera de frío o de calor o que no comprenda la forma de vivir de la sociedad en la que tiene que insertarse por obligación. Aunque se sienta extraño, ajeno, mal, con plata pero deprimido, y empiece a jugar peor que nunca. Pero mejor! Lo vendemos a un equipo de primera B de Austria y sacamos unos buenos mangos. ¿Y después? Que vuelva a Argentina, no hay problema, en el Nacional B lo van a recibir como a un grande, y quien sabe después lo hacemos entrar en las ligas menores de México o Guatemala.

Así está el fútbol. Herido. Por la violencia, el dinero y la necesidad de ganar siempre.

Pero hay que aceptar la opinión de todos. A la mayoría les sigue gustando y se siguen entusiasmando. Vibran con cada partido, sufren y se desahogan y eso les encanta.

Por ejemplo, un amigo mío dirá sobre mí, luego de leer esta nota, lo siguiente: “Y que querés que te diga, si a vos te gusta Riquelme…”

Descripción de la soledad del hombre

El hombre suele estar solo en algunos momentos. Aunque crea en Dios, su Dios. Aunque tenga familia, amigos, hermanos de sangre y de los otros. Llega el tiempo de una decisión, de tomar una medida, de un cambio trascendental, y se encuentra solo. De repente, inopinadamente, se encuentra solo.

Cuando el hombre se halla en soledad absoluta es cuando descubre toda su debilidad. Se encuentra desnudo, frágil, en estado delicado. Debe accionar su mente al 100 % para poder lograr un cierto equilibrio que consiga hacerlo reaccionar y poder tomar la mejor decisión.

No es un hecho poco común, la soledad del hombre. En la actualidad, en las ciudades de numerosa población, el hombre se siente mucho más solo que nunca. Rodeado de una multitud, caminando en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera, el hombre siente que está abandonado a su suerte. También se siente desamparado cuando tiene que ir a votar y siente que ningún candidato lo conmueve. La situación lo violenta, lo hiere, y siente que no puede hacer nada por cambiar el mundo, su mundo.

Pero no es un hombre triste. Muy por el contrario, suele salir todo el tiempo, tiene muchos amigos, una familia numerosa y gran cantidad de conocidos con quienes comparte trabajo, salidas, sentimientos varios. Generalmente estudia, lee libros o revistas, trabaja con una computadora en el escritorio y se actualiza viendo noticieros o leyendo noticias por Internet. También concurre a gimnasios, bares, parques, y viaja de vez en cuando.

Tal vez cree en Dios. Quizás concurre al templo los fines de semana y algunos días de la semana. O tal vez esté convencido de que Dios no es una entidad que el hombre sea capaz de comprender. Incluso puede creer que no existe ningún Dios.

Pero lo que es verdad, rigurosamente cierto, es que en el momento de la gran decisión, el hombre depende única y exclusivamente de sí mismo. Porque es su vida, y porque es el único que puede lograr que los años que camine sobre esta tierra valgan la pena. Quizás, si es afortunado, su Dios lo ayude, sus amigos lo comprendan y su familia lo apoye, pero el mérito de lograr una vida plena será exclusivamente suyo. El que así lo entienda podrá sentir que es responsable de su propia felicidad. Todo a partir de sus decisiones en soledad.

Sobre la estupidez

Creo, sin temor a equivocarme, que la cantidad de personas estúpidas, si se hiciera un censo medianamente realista, nos sorprendería. No hablo desde el pedestal del que sabe todo, al contrario, lo digo desde el llano, desde la perspectiva más descarnada del hombre común.

Pero los estúpidos son difíciles de detectar, en muchos casos uno creería que no lo son, hasta que se manifiestan en el momento menos pensado y nos causan graves trastornos. Es que ser estúpido no impide ser inteligente, no impide ser por ejemplo un gran pintor (hablando de pintores, siempre recuerdo que Dalí proclamaba que todos los pintores genios eran estúpidos, menos él, claro) o un excelente ingeniero, y mucho menos impide ser un político, presidente de un gran país, una persona influyente, un gran industrial o un genio de las finanzas. El ser estúpido será estúpido por sobre todas las cosas, aún a pesar de su posible genialidad o inteligencia.

En cuanto a sus actos, y esto es lo verdaderamente increíble, el estúpido podrá dañar a mucha gente, podrá ser un ángel de la maldad, de forma totalmente gratuita e inclusive con gran daño para él mismo. Sólo porque es un estúpido. Eso lo hace mucho más peligroso que un malvado puro. Por esa temeridad casi inconsciente de la estupidez puede dañar a mucha gente, incluso a él mismo. Por eso el estúpido no es previsible sino hasta último momento, ya que nadie piensa que una persona puede hacerse daño a sí misma a propósito.

No nos debe llamar la atención que los que no son estúpidos (perdón por repetir tanto la palabra, a mí también me disgusta, pero no quiero poner sinónimos, ya que soy de la idea de llamar a las cosas por su verdadero nombre) NO NOS DAMOS CUENTA del grave error que significa dar un breve espacio de poder a los estúpidos, relacionarse con ellos, hacerles caso, darles un espacio en nuestras vidas. Por lo general los que no son estúpidos minimizan el cálculo de las posibles consecuencias de aliarse con estúpidos.

Creo que es posible la combinación en una sola persona de la estupidez y la malicia, pero entre dos seres, un estúpido y un malvado, me quedo con el malvado, porque al menos será en cierta forma previsible, podremos prevenir el daño que pretende causar, porque conocemos su forma de pensar y de actuar. El caso del estúpido es distinto. Jamás podremos saber de dónde viene el golpe, e incluso más de una vez caeremos en la trampa junto al autor de la estupidez.

Esa es la manera como se manifiesta la estupidez humana. No hay cura para estas personas, y pueden estar entre nosotros aunque se manifiesten como personas sabias e inteligentes o talentosas. Cuidado, la estupidez acecha. Lo bueno es que para los no estúpidos no parece ser contagiosa. Al menos no hay prueba de ello.

La duda.

¿Alguna vez has dudado? Espero que sí, y mucho. Porque el sólo hecho de dudar nos hace humanos. Porque dudar significa pensar, y pensar es el acto más importante que puede realizar un hombre que quiere superarse y ser mejor.

La soberbia es una gran enemiga del hombre. El soberbio no quiere pensar, le alcanza con lo que sabe, mucho o poco. Sin embargo, la soberbia se encuentra en muchos hombres, en distintos grados.

No admitimos que nos equivocamos, queremos ganar la conversación sin tener razón (aún dándonos cuenta de eso), nos creemos dueños de la verdad, no hacemos caso del consejo de nadie. Eso es ser soberbio. ¿Cómo se combate?

La única forma de combatir la soberbia es que el mismo individuo se dé cuenta de su error, y que dude de su propia capacidad. Cuando el hombre duda, la soberbia se va para no volver. La duda hace pensar, el pensamiento obliga a tomar distintas consideraciones y a fijarse en lo que piensan los demás, y la razón termina imponiéndose, como la mejor forma de llegar a las mejores conclusiones. ¿Queremos combatir la soberbia?, pues inyectemos la duda en nuestros interlocutores.

Cuando alguien hable con una sentencia del tipo “Yo nunca me equivoco” debemos decirle: ¿Estás seguro? ¿Te parece? ¿No será demasiada virtud? Y lo desarmaremos muy fácilmente. Si insiste, entonces nos daremos cuenta de que el hombre es un necio, con lo cual su capacidad de pensar será limitada y no podremos hacerlo dudar. Quiero decir que ya está perdido.

Ahí es cuando nos damos cuenta de que estamos hablando con un político. El político actual es soberbio, se muestra seguro de lo que va a hacer, aunque no sepa de qué está hablando. Y cuando alguien inteligente lo entrevista y le dice que no está de acuerdo con él, se enoja, se ofende e insiste con su idea sin siquiera tratar de debatirla. Insulta a su interlocutor, o intenta degradarlo, se retira del lugar o le niega la palabra. Eso es necedad.

Nuestros políticos actuales son soberbios y necios. No dudan, ni lo intentan. No se los puede convencer de cambiar su actitud. Por ende, no piensan. Incluso tengo la sospecha de que todo es una máscara de soberbia, porque muchos parecen no estar preparados para su tarea. Lo cual es mucho peor. ¿Cómo cambiar eso?

Dicen que nuestra mejor arma es el voto. Tal vez sea cierto. Claro, no podemos hablar con ellos, están demasiado alto. Pero podemos darle la espalda. Podemos darle confianza a otro. ¿Y si el otro es peor, o tan soberbio y ciego como los demás?

Debemos seguir insistiendo, hasta encontrar a alguien que realmente use la cabeza, que piense, que se preocupe y dirija, en el mejor sentido de la palabra. Dirigir para salir de la crisis y para lograr una nueva camada de políticos pensantes y eficaces. ¿Lo lograremos?

No en un corto plazo, pero no está de más insistir con la idea, hasta que alguien aparezca en el horizonte, capaz de pensar el futuro, pensar en nosotros, pensar en la sociedad y en todas las cosas que deben cambiar.

Soy optimista, el líder y ejemplo que necesitamos va a aparecer algún día, y la sociedad (hablo de la Argentina, pero sé que puedo representar a muchas otras sociedades en estado precario como la nuestra) se renovará y reformará. De otra forma, terminaremos ardiendo en el infierno.

Sobre la honestidad

Hace pocas horas murió el ex presidente argentino Raúl Alfonsín, a los 82 años. Tengo varios recuerdos de él. Desde mi perspectiva personal, fue el hombre que generó más expectativa en la nueva era democrática que llegó a nuestro país en 1983. En aquellos años yo tenía 23, y trabajaba en una oficina importadora y comercializadora de acero propiedad de la alemana Krupp Stahl. El acto central de su campaña fue en la avenida 9 de Julio y contó con más de un millón de asistentes, entre los cuales estaba yo. Nobleza obliga, debo decir que también fui al acto de Italo Luder, su rival, y que la diferencia entre los dos fue abismal: alegría y esperanza dominaron el de Alfonsín, revanchismo y agresividad se respiró en el de Luder.

Con Raúl Alfonsín los argentinos nos entusiasmamos y tengo que reconocer que fue el único presidente que me dio esperanza en el futuro. Sin embargo, ya a los pocos meses me sentí defraudado, y no fui yo sólo. El nuevo presidente cometió muchos errores, que no viene al caso mencionar, pero que fueron muchos, y perdió todo el crédito que había ganado en su campaña. Terminó adelantando elecciones y entregando el poder apresuradamente a su sucesor, Carlos Menem.

Ahora que pasó ya mucho tiempo puedo decir que valoro muchos de sus actos con otra visión, y me doy cuenta de que gobernó en una época en que los agresivos militares argentinos todavía tenían buena parte del poder, en que los gremios eran dominados por una triste casta de oscuros personajes que nunca lo apoyaron y que la situación internacional no nos favorecía. Había que tener mucha fuerza política y moral para soportar todo eso, y ahora recién comprendo lo que le debe haber costado a Raúl Alfonsín mantener su gobierno durante los seis años de su mandato.

Pero no era de esto que quería hablar. El tema es la honestidad del presidente. Después de haber tenido varios presidentes militares cuyo poder era casi ilimitado, cuya romana y viril idiosincrasia llegaba al colmo de mostrarse como visionarios y paladines de una nueva potencia, el primer presidente democrático de la nueva era se mostró como una persona común. Tal como él decía, era un gallego calentón, pero también era un hombre íntegro, alguien a quien no se le han conocido negocios turbios, cuentas en Suiza u otros paraísos fiscales menos santos, pedidos de coimas, amigos golpistas o traidores, sobres con plata para los senadores y diputados, y tantas cosas tristes en las que destacaron, y destacan, sus sucesores.

El hombre se equivocó, y mucho. Sin embargo, ahora, luego de tantos años, siento que nosotros, los argentinos, no lo apoyamos como él se merecía. Seguramente hemos tenido gran parte de culpa en su relativo fracaso. El quería un nuevo modelo de país, quería una nueva capital, una Argentina distinta. Y le dijimos que no. Creo que acusó el golpe. Después de todo era una persona del pueblo, un hombre acostumbrado a tratar con mucha gente, a vivir como una persona común, con su familia, con su gente, que debe haber tenido como todo el mundo sus problemas y sus peleas, lo cual no cambia esta valoración. No como los políticos de estos nuevos tiempos, multimillonarios, dueños de empresas, con cuentas en el exterior, dueños de grandes latifundios, que hacen tratos con empresarios de dudosa moralidad, que aparecen en la televisión haciendo gracias para que el pueblo se divierta y los vote. Que compran el voto por cualquier medio, desde regalar camisetas hasta ofrecer los más increíbles beneficios.

De Raúl Alfonsín rescato eso: la honestidad. Y un hombre decente, que no se haya enriquecido ilegalmente, que no tenga amistades de dudosa moralidad y honestidad, que no pacte con el diablo, es lo que necesitamos hoy para que ponga el ejemplo. Para que dejemos de admirar a tantos personajes nefastos, ventajeros, drogadictos, inútiles, vagos, pendencieros, incultos, torpes, que han copado los medios de comunicación y con ello todos los puestos de la política, haciendo que nuestro futuro sea cada vez más negro.

Voto por que la honestidad sea el nuevo valor que los argentinos tengan en cuenta para elegir a nuestros nuevos líderes en el futuro. Quizás de la mano de las personas honestas, buenas, del pueblo llano, pueda llegar nuestra salvación.

El hombre y las contradicciones

El hombre es un ser contradictorio. Tal vez por eso nuestros dioses tengan esa misma condición. Somos capaces de reír y llorar al mismo tiempo y por una misma causa. Amamos y odiamos a la misma persona. Queremos estar cerca de alguien y lo alejamos de mil maneras distintas. ¿Quién nos entiende?

Soy un ser humano, y como tal sé que no puedo hablar con sentencias: no puedo decir, “Soy totalmente honesto” porque sé que puedo tener debilidades, sé que las tengo. No puedo decir: “Soy una buena persona” porque sé que tengo miles de defectos y que a pesar de hacer todo lo posible nunca es suficiente. No puedo decir: “Soy inteligente” porque tengo muchos momentos en que la lucidez se me va y la idiotez absoluta me invade.

Es la mejor forma de conocerse uno mismo, reconocer las propias limitaciones. Por eso me sorprende que tanta gente se deje convencer por la retórica de los políticos: “Va a salir todo bien” les dice Obama en forma de sentencia a los norteamericanos, y ellos festejan como si ya, por el sólo hecho de mencionarlo su presidente, hubiera pasado la crisis. Pues les tengo noticias: Eso no es verdad. No me disgusta Obama, pero en este momento es un buen ejemplo de quien dice lo que la gente quiere escuchar. Eso es pura y simple R E T O R I C A. Bla, bla, bla.

El hombre es otra cosa: generalmente somos un conjunto de habilidades más o menos meritorias, mezclado con debilidades varias, actos de coraje combinados con ciertas mezquindades, un cuerpo con determinadas características que contiene una mente capaz de darnos las más increíbles sorpresas.

Somos seres contradictorios. Decimos lo que hay que hacer y no lo hacemos, hacemos lo que no tenemos que hacer sin motivos aparentes, damos buenos consejos y después…

Por eso, lo único importante es que cada uno conozca a fondo su yo interior, su fuerza, su capacidad de crear y su voluntad de llevar la vida hacia delante. Todos tenemos cosas contradictorias, y nadie puede decir que es una buena, gran, excelente, divina persona sin mentir. Aceptemos eso, y tendremos la mitad de la batalla ganada. Se trata de la batalla contra la hipocresía creciente que nubla el horizonte. El nuevo hombre debería aceptar sus limitaciones, sus pequeñas miserias, sus contradicciones, y a partir de allí procurar ser un poco mejor cada día, no importa a que Dios responda, o si no responde a ninguna divinidad. Así tal vez se pueda comenzar a andar un nuevo camino, algo más luminoso que el presente, que está marcado de fango y oscuridad y sin que se vea la ansiada luz de la llegada a la meta.

El Hombre: Monstruo o Víctima

¿Es el hombre ese monstruo que destruye la naturaleza? ¿Es es el que mata por matar o por placer? ¿Es aquél que no respeta las normas más elementales de la naturaleza? ¿O tal vez es el que ama más allá de lo imaginable, el que hace buenas obras, el que quiere progresar y superarse día a día? ¿Cuál de los dos modelos es el hombre?

Es todo eso y mucho más. El hombre es un animal, pero al que le han dado una virtud esencial: la inteligencia. Sin embargo, no se puede decir que todos los hombres son inteligentes, y a veces ni siquiera puede afirmarse que la inteligencia sea una virtud. Cuando un asesino serial utiliza la inteligencia para sus crímenes eso no puede llamarse virtud. O cuando un científico sacrifica otros seres humanos para buscar su meta final. Los hornos crematorios de los campos de concentración nazis son un ejemplo de inteligencia aplicada a la maldad. La oratoria de los políticos argentinos (y de muchas otras nacionalidades) es otro ejemplo, más inocente quizás pero evidentemente dañino. Algunos hombres parecen inteligentes pero no lo son. Otros son inteligentes pero no lo demuestran. Otros son inteligentes sólo a veces.

No me acusen de sexista, cuando digo hombres me refiero a hombres y mujeres. Entre todos somos culpables del lamentable estado del mundo. ¿Es tan lamentable? Creo que sí. Hemos talado árboles para hacer grandes fincas hasta terminar con la gran mayoría de las selvas. ¿Y de dónde vamos a obtener el oxígeno que cada vez nos va a hacer más falta? Hemos destruido la capa de ozono hasta un punto de no retorno. ¿Quién nos va a proteger ahora de los rayos ultravioleta? Estamos en un camino de globalización que está matando las riquísimas culturas regionales. ¿Quién nos va a dar una civilización más digna? Ahora, cuando cae una empresa gigante, de esas globalizadas, se cae todo el mundo como un gigantesco dominó. ¿Quién va a amortiguar el golpe?

¿Existe Dios? Tal vez, pero permítanme dudarlo. Tal vez si existiese ya hubiera castigado a los hombres malos y hubiese permitido a los hombres buenos acceder al poder. Tal vez, después de todo, decida castigarnos a todos por igual, a unos por malos y a otros por ser tan inútiles que no pueden evitar la maldad.

Al final: ¿el hombre es el bueno o el malo? La naturaleza del hombre es muy variada, pero creo que la maldad es más fácil de adquirir, el hombre se corrompe muy fácilmente, las sociedades mafiosas así lo prueban, ya que adquieren nuevos miembros día tras día, a pesar de los riesgos que ello implica para sus miembros: el que no cumple, se muere. Pero al hombre nada lo detiene. En Argentina el hombre se ha vuelto corrupto como pocas veces se ha visto en el mundo. Nadie acepta un error, la culpa siempre es del otro, si se comete un ilícito, las leyes están mal, los políticos son corruptos, vamos todos a hacer lo mismo, nadie nos puede reclamar nada. Así nos vamos cayendo como sociedad hasta un punto que no tiene retorno.

Conclusión: el hombre es todo, bondad, maldad, inocencia, corrupción. No hay definición. Solamente en nuestra conciencia pesarán nuestras acciones, y ya pocas conciencias quedan en esta tierra. El resultado: la argentinización del mundo, la perdición de la conciencia y la destrucción de todas las formas de bondad.

El muro

Hace solamente unos días el intendente del partido de San Isidro ordenó la construcción de un muro. Esta pequeña muralla dividiría en parte los partidos de San Isidro y San Fernando, ubicados al norte de la ciudad de Buenos Aires. Ese muro traería, al decir de quienes lo idearon, algo más de seguridad, porque “evitaría que los ladrones que hagan sus trabajos en San Isidro escapen hacia el partido vecino”. Ese muro traería la felicidad, la bonanza, la seguridad y la prosperidad a los castigados vecinos.

Ese muro provocó las más airadas protestas, no solamente de la gente que vive en San Fernando, ya que el barrio es el mismo de uno y otro lado, no se advierten diferencias, sino de todo el país. ¿Cómo puede ser que los políticos argentinos sigan tan lejos de la realidad? ¿A quién se le ocurrió la idea de fabricar una pared para dividir vecinos que tienen que cruzar esa calle para hacer las compras, ir a la escuela o al trabajo, etc., etc. ¿Quiénes fueron los que pensaron que esa era una buena idea?

Yo sabía, me daba cuenta, de la falta de criterio de nuestros dirigentes. Pero esto es demasiado. Para terminar la historia, que como verán, no duró mucho, antes de terminar el muro, éste fue atacado por la gente (no sé si tan espontáneamente, pero la idea del muro, más que el muro mismo, lo merecía) y fue destruido en pocas horas.

A mí lo que me aterroriza no es el muro, sino la idea del muro. Me da miedo que nuestros dirigentes estén pensando en poner muros a la gente todo el tiempo. Y lo hacen de tal forma que a veces no se nota. El muro puede ser psicológico, puede estar constituido por mentiras, falacias, infelices invenciones de mentes enfermas. El muro generalmente no es algo físico. Es una idea (que por su efecto negativo en la sociedad y su bajeza moral, podríamos llamar “no ideas”). Las no ideas que tienen nuestros dirigentes siempre nos dividen. Ricos contra pobres, ciudad contra el campo, peronistas K contra peronistas disidentes, izquierda contra derecha. Tratan de gobernarnos dividiéndonos. Claro: Divide y reinarás, que es casi más viejo que el ojo por ojo, diente por diente.

El factor más importante que permite colocar muros entre la gente es el miedo. Quien quiera dividir a la sociedad sólo tendrá que escarbar en nuestros miedos para lograr establecer un muro que no nos permita contrarrestar a los dirigentes inútiles, incapaces o interesados en amasar una fortuna, por ejemplo. En una palabra: corruptos.

La gente por lo general vive con algún miedo. Miedo a enfermarse, a perder a su amor, al fracaso personal. Estos miedos son casi comunes a todos, en mayor o menor grado. Pero luego están los miedos que tenemos como sociedad: al desastre económico, a la inflación, a la inestabilidad, a la inseguridad, y un larguísimo etcétera. Cuando un dirigente quiere utilizarlos, puede hacerlos utilizando una alta dosis de irresponsabilidad, de perfidia y engaño. Es entonces cuando instala el muro. La no idea puede ser variable, por ejemplo, el intento de ser reelegido, ganar una pelea con un sector rebelde, o simplemente obtener tranquilidad para seguir robando.

El muro comienza a construirse cuando la mentira se instala astutamente entre la gente. Por ejemplo: los señores del campo son unos oligarcas. Entonces se supone que todos los hombres de ciudad debemos odiar a los del campo para que los dirigentes les ganen la pelea. Ahí el muro se instala y oficia de barrera para que la gente no pueda discernir la mentira de la verdad.

Vivimos cercados por los muros. Las no ideas fluyen sin parar construyendo paredes que nos impiden dialogar. Así jamás podremos elegir buenos dirigentes. Lo que necesitamos es, pura y simplemente, EDUCACION, ENSEÑANZA, FORMACION Y CULTURA.

Sólo el saber nos hará libres.

¿Es tan difícil el camino? Yo creo que no.