domingo, 19 de abril de 2009

El hombre y las contradicciones

El hombre es un ser contradictorio. Tal vez por eso nuestros dioses tengan esa misma condición. Somos capaces de reír y llorar al mismo tiempo y por una misma causa. Amamos y odiamos a la misma persona. Queremos estar cerca de alguien y lo alejamos de mil maneras distintas. ¿Quién nos entiende?

Soy un ser humano, y como tal sé que no puedo hablar con sentencias: no puedo decir, “Soy totalmente honesto” porque sé que puedo tener debilidades, sé que las tengo. No puedo decir: “Soy una buena persona” porque sé que tengo miles de defectos y que a pesar de hacer todo lo posible nunca es suficiente. No puedo decir: “Soy inteligente” porque tengo muchos momentos en que la lucidez se me va y la idiotez absoluta me invade.

Es la mejor forma de conocerse uno mismo, reconocer las propias limitaciones. Por eso me sorprende que tanta gente se deje convencer por la retórica de los políticos: “Va a salir todo bien” les dice Obama en forma de sentencia a los norteamericanos, y ellos festejan como si ya, por el sólo hecho de mencionarlo su presidente, hubiera pasado la crisis. Pues les tengo noticias: Eso no es verdad. No me disgusta Obama, pero en este momento es un buen ejemplo de quien dice lo que la gente quiere escuchar. Eso es pura y simple R E T O R I C A. Bla, bla, bla.

El hombre es otra cosa: generalmente somos un conjunto de habilidades más o menos meritorias, mezclado con debilidades varias, actos de coraje combinados con ciertas mezquindades, un cuerpo con determinadas características que contiene una mente capaz de darnos las más increíbles sorpresas.

Somos seres contradictorios. Decimos lo que hay que hacer y no lo hacemos, hacemos lo que no tenemos que hacer sin motivos aparentes, damos buenos consejos y después…

Por eso, lo único importante es que cada uno conozca a fondo su yo interior, su fuerza, su capacidad de crear y su voluntad de llevar la vida hacia delante. Todos tenemos cosas contradictorias, y nadie puede decir que es una buena, gran, excelente, divina persona sin mentir. Aceptemos eso, y tendremos la mitad de la batalla ganada. Se trata de la batalla contra la hipocresía creciente que nubla el horizonte. El nuevo hombre debería aceptar sus limitaciones, sus pequeñas miserias, sus contradicciones, y a partir de allí procurar ser un poco mejor cada día, no importa a que Dios responda, o si no responde a ninguna divinidad. Así tal vez se pueda comenzar a andar un nuevo camino, algo más luminoso que el presente, que está marcado de fango y oscuridad y sin que se vea la ansiada luz de la llegada a la meta.

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