martes, 21 de abril de 2009

Notas acerca de la sensibilidad.

El mundo a veces es cruel, traicionero, difícil. El ser humano generalmente es débil, y suele verse envuelto en problemas que lo afectan más a menudo de lo que quiere. La presión suele aumentar con los años, igual que las responsabilidades, las deudas y los problemas. El hombre se va haciendo insensible a todo, como respuesta a todos estos factores. El hombre comienza a negar sus problemas, niega sus odios, niega toda dificultad o inconveniente. Se vuelve ciego, impasible, inconmovible. Su mundo se vuelve vacío. Monótono. Fugaz.

En un punto el hombre, o la mujer, no hace falta aclararlo, puede llegar a insensibilizarse de tal modo que no acepta cambios. Sufre con cada cosa nueva, con cada detalle que cambia su rutina. Se fastidia con cada relación, porque una relación se compone de idas y venidas, y ya no acepta ir ni venir, y menos que vengan a él.

En ese momento, alguien lo invita a escuchar un concierto, en el cual una orquesta va a tocar la sinfonía Nº 9 de Ludwig Van Beethoven. No le interesa ir, y haciendo gala de su desgano habitual, dice que no. Pero el otro insiste. Insiste. Insiste. Hasta que dice que sí.

Una vez en el teatro se instala en su butaca con cara de “no me importa” y se dispone a sobrellevar el mal momento con la mejor buena voluntad. “En una hora y media voy a estar en casa de nuevo, eso es lo bueno”, piensa. “A mí qué me importa la música, sólo quiero estar en casa como todos los días a esta hora. Mañana voy a estar cansado en el trabajo”

Comienza el concierto. Primero los sentidos del hombre se van llenando de notas. Aisladamente algunas notas van haciendo una pequeña hendidura en la muralla que ha construido con tanta paciencia durante todos estos años de apatía y desesperanza. Una nota y luego otra, poco a poco van penetrando en sus sentidos y comienzan a conmover ese edificio monumental. Pasan los minutos. Los violines, las violas, el oboe, la batuta del director, el movimiento de los músicos, verlos a todos en la misma tarea, la coordinación, la combinación de las melodías, las luces. La cabeza da vueltas. Se marea. No sabe lo que le pasa.

En un instante impensado, llega la revelación. Se da cuenta de que está frente algo bello. Muy bello. Frente a una música talentosa, impresionante, portentosa. La orquesta sigue emitiendo notas, pero ahora esas notas aisladas van formando un verdadero portento de belleza, los colores invaden el ambiente, el perfume más hermoso surca el aire, perfumando todo. La cabeza va a explotar.

La belleza obra milagros. Ahora ese enorme edificio que con tanta paciencia insensible construyó durante años y años comienza a desmoronarse. Ya no tiene hendiduras, sino que tiene enormes agujeros, sus paredes comienzan a caer, y con un ruido estrepitoso la gigante muralla se cae de forma violenta, totalmente destrozada.

El hombre está llorando. Escucha la música, los sonidos, las melodías, cada vez más sofisticadas, sutiles, profundamente bellas. Las lágrimas corren por sus mejillas sin que pueda evitarlo. “No me puede pasar esto”, piensa. “Es una vergüenza”. Pero sin embargo, en su interior sabe que no puede y no quiere evitarlo. Una paz (inconcebible hacía sólo unos minutos) ha llegado a su ser, y el disfrute de la música lo llena de una energía espiritual que jamás había conocido. Sigue llorando, mientras los restos de la enorme muralla se van desvaneciendo, se hacen trizas, arena llevada por el viento a otra parte.

Cuando terminó el concierto el amigo le preguntó por qué se había emocionado tanto. El hombre le respondió, muy seguro de sí mismo: “Por nada. Soy un tonto”.

Había comenzado la reconstrucción del enorme edificio destruido.

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