domingo, 19 de abril de 2009

Sobre la honestidad

Hace pocas horas murió el ex presidente argentino Raúl Alfonsín, a los 82 años. Tengo varios recuerdos de él. Desde mi perspectiva personal, fue el hombre que generó más expectativa en la nueva era democrática que llegó a nuestro país en 1983. En aquellos años yo tenía 23, y trabajaba en una oficina importadora y comercializadora de acero propiedad de la alemana Krupp Stahl. El acto central de su campaña fue en la avenida 9 de Julio y contó con más de un millón de asistentes, entre los cuales estaba yo. Nobleza obliga, debo decir que también fui al acto de Italo Luder, su rival, y que la diferencia entre los dos fue abismal: alegría y esperanza dominaron el de Alfonsín, revanchismo y agresividad se respiró en el de Luder.

Con Raúl Alfonsín los argentinos nos entusiasmamos y tengo que reconocer que fue el único presidente que me dio esperanza en el futuro. Sin embargo, ya a los pocos meses me sentí defraudado, y no fui yo sólo. El nuevo presidente cometió muchos errores, que no viene al caso mencionar, pero que fueron muchos, y perdió todo el crédito que había ganado en su campaña. Terminó adelantando elecciones y entregando el poder apresuradamente a su sucesor, Carlos Menem.

Ahora que pasó ya mucho tiempo puedo decir que valoro muchos de sus actos con otra visión, y me doy cuenta de que gobernó en una época en que los agresivos militares argentinos todavía tenían buena parte del poder, en que los gremios eran dominados por una triste casta de oscuros personajes que nunca lo apoyaron y que la situación internacional no nos favorecía. Había que tener mucha fuerza política y moral para soportar todo eso, y ahora recién comprendo lo que le debe haber costado a Raúl Alfonsín mantener su gobierno durante los seis años de su mandato.

Pero no era de esto que quería hablar. El tema es la honestidad del presidente. Después de haber tenido varios presidentes militares cuyo poder era casi ilimitado, cuya romana y viril idiosincrasia llegaba al colmo de mostrarse como visionarios y paladines de una nueva potencia, el primer presidente democrático de la nueva era se mostró como una persona común. Tal como él decía, era un gallego calentón, pero también era un hombre íntegro, alguien a quien no se le han conocido negocios turbios, cuentas en Suiza u otros paraísos fiscales menos santos, pedidos de coimas, amigos golpistas o traidores, sobres con plata para los senadores y diputados, y tantas cosas tristes en las que destacaron, y destacan, sus sucesores.

El hombre se equivocó, y mucho. Sin embargo, ahora, luego de tantos años, siento que nosotros, los argentinos, no lo apoyamos como él se merecía. Seguramente hemos tenido gran parte de culpa en su relativo fracaso. El quería un nuevo modelo de país, quería una nueva capital, una Argentina distinta. Y le dijimos que no. Creo que acusó el golpe. Después de todo era una persona del pueblo, un hombre acostumbrado a tratar con mucha gente, a vivir como una persona común, con su familia, con su gente, que debe haber tenido como todo el mundo sus problemas y sus peleas, lo cual no cambia esta valoración. No como los políticos de estos nuevos tiempos, multimillonarios, dueños de empresas, con cuentas en el exterior, dueños de grandes latifundios, que hacen tratos con empresarios de dudosa moralidad, que aparecen en la televisión haciendo gracias para que el pueblo se divierta y los vote. Que compran el voto por cualquier medio, desde regalar camisetas hasta ofrecer los más increíbles beneficios.

De Raúl Alfonsín rescato eso: la honestidad. Y un hombre decente, que no se haya enriquecido ilegalmente, que no tenga amistades de dudosa moralidad y honestidad, que no pacte con el diablo, es lo que necesitamos hoy para que ponga el ejemplo. Para que dejemos de admirar a tantos personajes nefastos, ventajeros, drogadictos, inútiles, vagos, pendencieros, incultos, torpes, que han copado los medios de comunicación y con ello todos los puestos de la política, haciendo que nuestro futuro sea cada vez más negro.

Voto por que la honestidad sea el nuevo valor que los argentinos tengan en cuenta para elegir a nuestros nuevos líderes en el futuro. Quizás de la mano de las personas honestas, buenas, del pueblo llano, pueda llegar nuestra salvación.

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