Ese día estaba de muy mal humor. Pensé que tal vez si hacía una buena acción podría sentirme algo mejor. Por ese motivo egoísta y reprobable le di unas monedas a un hombre que estaba parado en la puerta de la C

atedral de Buenos Aires, frente a la Plaza de Mayo. Esa persona recibió las monedas, pero debe haberle parecido una fortuna (es increíble lo afortunados que somos los que no tenemos que depender de los demás) porque aunque no me dio ni las gracias (no tenía por qué hacerlo, seamos sinceros) me siguió más o menos media cuadra pidiéndome más. Yo rechacé la idea de darle más sólo porque su actitud me pareció antes que desesperada, estudiada y previsible. Pero me tocaba el brazo, casi lloraba pidiéndome más. Sin embargo, solamente logró endurecer mi corazón. El ser humano es inescrutable, hermético, en innumerables ocasiones.
Cuando este hombre que me perseguía con tanto ahínco se fue desencantado conmigo, solamente había logrado amargarme aún más de lo que estaba. Pero no pude imaginar por qué se me había ocurrido que esta persona me tenía que agradecer por un par de monedas que no me costaba nada dejarle. Esa gente está desesperada. Todas las desgracias del mundo no son comparables a la indigencia. Ese pensamiento, se suponía, debía ser un consuelo para mí, que desde hace un tiempo tenía un muy buen pasar, por suerte. Pero, por algún extraño motivo, me hizo mal y hundió mi ánimo un escalón más allá de mi amargura.

Seguí caminando un rato más, por detrás de la Casa Rosada, y poco a poco me interné en el mundo especial de Puerto Madero. En ese barrio tan especial de Buenos Aires se encuentra uno de los monumentos más bellos de la ciudad. El puente de Calatrava, también llamado el Puente de la Mujer, en un barrio donde todas las calles tienen nombre de mujeres. No sé si eso es justo, pero sí es original. Siempre llevo conmigo una máquina de fotos. Tengo dos, una de 9 mega píxeles y otra de 10. Llevaba la de 9. Se hacía de noche, aunque todavía había buena luz. Decidí sacar la máquina de mi morral, la encendí y comencé una sesión de fotografía comparable a la de un fotógrafo con una dama. Mi dama era el Puente. Cada ángulo distinto me daba una nueva sorpresa, cada toma era diferente, bella, única. Lo crucé mil veces, le saqué fotos de un lado y de otro, le saqué desde cerca, desde lejos y sobre él, o ella. Las luces se iban encendiendo, el cielo se iba oscureciendo y mi ánimo se iba templando más y más. La belleza volvía a conquistarme. Me sentí emocionado, vivo, valioso.
Para cuando llegué a casa luego de un agotador viaje de una hora y media, estaba como nuevo.
Otra vez la belleza me había salvado.
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