Está muy claro que el ser argentino implica, entre otras cosas, que los hombres deben saber mucho de fútbol. Al margen de que se pueda ser estudiante, obrero, taxista, cocinero, mozo, empresario, multimillonario, empleado de oficina, cadete de un hotel o lo que sea, el hombre y en muchos casos la mujer argentina, saben de fútbol.
Cuando dos personas no tienen nada en común y se juntan por alguna razón, por lo general es la conversación sobre el fútbol lo que los acerca. O los separe, quien sabe, de acuerdo a los equipos de los que sean hinchas. Por eso este deporte es un evento social muy importante en Argentina, y la gente en muchos casos sólo habla de fútbol.
Todo eso está muy bien, pero el deporte favorito de los argentinos tiene algunas cosas que no me gustan demasiado. En primer lugar, se lo define como una pasión. El hincha de fútbol debe ser un apasionado seguidor de su equipo o será despreciado por sus pares. Al equipo no se lo puede criticar, salvo que toda la hinchada se ponga de acuerdo para calumniar al técnico o a algún desafortunado jugador. Grandes discusiones preceden a esa decisión. Los argumentos sonarán a favor y en contra de la continuidad del técnico. Los resultados dirán, quizás demasiado pronto, si se queda o se va. O si sigue en observación. Y si se lo reemplaza, al próximo se lo va a vigilar más de cerca. Salvo que venga del club, en ese caso se le darán un par de partidos más, así se demuestra que la hinchada tiene “aguante”.
Otra cosa que me molesta del fútbol es el favoritismo de los dirigentes de clubes por los barra bravas. Suelen ocurrir robos, desmanes, hasta asesinatos perpetrados por los barras, que no son otra cosa que soldados al servicio de las autoridades de los distintos clubes. Ya este deporte no es el que era, con la familia entera asistiendo a la cancha para ver un espectáculo.
También el fútbol perdió, precisamente, el carácter de espectáculo. Los nuevos entrenadores piden gente con fuerza, garra y velocidad. Hay que correr, correr y correr. Hay que pegarle al adversario, hay que tirarse al piso fingiendo una falta, hay que “trabajarse” al árbitro y pedir amarilla para el contrario. Hay que inventar penales, tiros libres peligrosos, tiros de esquina, etc., etc. Los partidos actuales en Argentina se parecen más a una batalla que a un espectáculo deportivo.
Por supuesto, perdió el carácter fundamental de “juego”. Ahora hay demasiado dinero de por medio. Los representantes de los jugadores quieren que jueguen los suyos, y tratan de imponerse sobre otros. Dinero de por medio, muchos entrenadores apenas pueden poner a los jugadores que son de tal o cual empresario. Los dirigentes de los clubes avalan esto, porque no son dueños de casi nadie. Y después quieren formar buenos equipos… Ya esto no es un juego, donde los mejores se juntan en un equipo entrenando, ensayando y poniendo en práctica distintas tácticas para vencer al contrario. Ahora se trata de hacer mucha plata, de que los periodistas hablen bien de tal o cual jugador, para poder venderlo más caro y lo más pronto posible. ¿Adónde? A donde sea, a Rusia, Ucrania, Qatar, Armenia, a cualquier lugar del mundo, aunque el jugador, que tal vez sea muy chico y tenga entre quince y veintidós años, no entienda el idioma, aunque se muera de frío o de calor o que no comprenda la forma de vivir de la sociedad en la que tiene que insertarse por obligación. Aunque se sienta extraño, ajeno, mal, con plata pero deprimido, y empiece a jugar peor que nunca. Pero mejor! Lo vendemos a un equipo de primera B de Austria y sacamos unos buenos mangos. ¿Y después? Que vuelva a Argentina, no hay problema, en el Nacional B lo van a recibir como a un grande, y quien sabe después lo hacemos entrar en las ligas menores de México o Guatemala.
Así está el fútbol. Herido. Por la violencia, el dinero y la necesidad de ganar siempre.
Pero hay que aceptar la opinión de todos. A la mayoría les sigue gustando y se siguen entusiasmando. Vibran con cada partido, sufren y se desahogan y eso les encanta.
Por ejemplo, un amigo mío dirá sobre mí, luego de leer esta nota, lo siguiente: “Y que querés que te diga, si a vos te gusta Riquelme…”
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